viernes, 13 de junio de 2008

La aventura

En la última semana de vacaciones, luego de un largo mes de juegos y aventuras en iglesias abandonadas, pequeñas selvas que ocultan los últimos rastros de poblaciones indígenas autóctonas, viejas escuelas reducidas a escombros por la guerra civil entre colorados y liberales, los esperó al comienzo de la gran aventura, la verdadera aventura.
"Cure" (abreviatura de curepa: argentino en guaraní) y Gustavo esperaban en la terminal de autobus que se dirigía al pueblo de la tía Petrona, o mejor dicho a la cercanías. Villa Hayes se encontraba a unos 200 km. de la capital, donde estaba la terminal. Ese pequeño pueblo había sido escondite de un grupo de colorados cuya avioneta había sido derribada por el bando contrario. Los restos del vehículo aun estaban a las orillas del río, y cuenta la historia que el espíritu del piloto muerto aun ronda los alrededores buscando a sus compañeros sobrevivientes, por esa razón estaban muy animados los niños por ir donde tía Petrona (cosa que rara vez ocurría).
-Ojo con lo que hacen, derecho a lo de la tía. ¿Escuchaste "Tavito"?
-Sí, mamá. Y no me digas Tavito, ya tengo 11 años.
-Pero dejalos Hermelinda, no les va a pasar nada.
-Sí, mamá tiene razón. No te preocupes tía, yo cuido a "Tavito". -Dijo socarronamente Cure.
Quince minutos más tarde el autobus se ponía en marcha, ¡por fin! Gritó de alegría Gustavo cuando dejaban atrás la terminal. El camino resultaba bastante aburrido para unos chicos ansiosos por llegar a destino, así que se pusieron a contar historias de fantasmas y de jóvenes aventureros.
-... Y dice que "Aurora" todavía ronda los caminos buscando al resto del ganado que la había dejado atrás.
-Andá, es la historia del piloto pero pusiste una vaca en su lugar.
-Es verdad Cure, fue la primera víctima del camino asfaltado. Hasta anda de día, no es como cualquier fantasma.
-Bue', te creo. Che ¿no estamos por llegar?
-Ehhh, sí. Donde terminan los árboles, dale parate.
Bajaron del autobus, que rápidamente reanudó su marcha dejándolos cubiertos por una nube de polvo, y contemplaron el paisaje que se abría ante ellos. Un largo camino de tierra separaba un basto pastizal cercado y rodeado por una zanja seca, de una zona de residencias pequeñas (de esas que tienen ladrillos rojos a la vista) con jardincitos frontales muy similares a los que aparecen en las películas norteamericanas.
-Muy bien, pies en marcha.
-Che, la última vez no parecía tan largo.
-Y sí pascual, estábamos en la camioneta del tío.
-Justo la tuvo que vender.
-Bueno, dejá de quejarte. Quién te dice se nos aparece "Aurora", porque solamente se le aparece a los caminantes.
-Seguís con eso. Dale, sigamos.
Pasaron varios minutos de silencioso andar cuando de la nada escucharon un fuerte ¡Muuuuú!
-¡¡Aaaah!! Es Aurora!!
-Justo a nosotros, rajemos.
Comenzaron a correr sin mirar atrás, no había otra cosa que ir hacia adelante. De un lado la zanja se había agrandado y llenado de agua, y del otro las casas habían desaparecido y en su lugar se abría un campo de un interminable color verde que se perdía en el horizonte. Corrieron sin parar hasta que el camino llegó a su fin, cerrado por un cerco muy alto y por una pared de árboles muy grandes que no dejaban ver que había detrás. Debían tomar una decisión, doblar hacia la izquierda o hacia la derecha.
-Por acá - Gritó Cure doblando a la izquierda - atrás del arbusto.
Justo cuando terminaban de esconderse se escucharon varios cascos que se acercaban.
-Muchachitos, me hubieran pedido que los lleve si estaban tan apurados - les gritó alegremente un viejo campesino a caballo, que llevaba dos grandes vacas, doblando a la derecha.
-Ves papanatas, Aurora no existe - dijo Cure pegándole en el brazo a Gustavo.
-Bien que saliste corriendo vos también - devolviendo el golpe.
Continuaron su camino muy callados. La larga carrera contra el fantasma de Aurora, bajo cuarenta grados, los había cansado demasiado como para seguir jugando. Después de media hora de arduo andar, bajo el sol caliente y la tierra que quemaba los pies, recobraron los ánimos al oir el cercano murmullo de un río.
-¡La avioneta! - gritaron al unísono.
Emprendieron una nueva carrera, esta vez con entusiasmo en lugar de miedo. Cada vez estaban más cerca del río. Ya se imaginaban dentro de los restos de avioneta encontrando armas, mapas y por qué no instrucciones para la siguiente misión que ellos emprenderían en lugar de los guerrilleros. Tan emocionados estaban que no vieron el portón de entrada a la casa de su tía. Siguieron corriendo hasta divisar el río, al cual saltaron sin siquiera sacarse las mochilas. Se refrescaron un largo rato jugando en el agua cristalina, no muy profunda, que dejaba ver sus pies (sus zapatos mejor dicho). En el fondo había piedras de los más diversos colores, desde el verde hasta el negro, pasando por el púrpura o por el dorado. La de color dorado las recolectaban como botín de guerra (aunque sólo sea de un fantasma falso, como Aurora). Una vez que se cansaron de buscar tesoros imaginarios emprendieron nuevamente el camino. Decidieron ir por la orilla del río, para no volver a la caliente tierra del camino, que dicho sea de paso cada vez se desviaba más de la entrada que tendrían que haber tomado. El río tenía a su derecha una hilera de árboles distanciados a un metro uno del otro, tras ellos el camino de tierra, y a la izquierda un espeso bosque que no dejaba ver más allá de dos metros de distancia. Atrás el río doblaba adentrándose en el bosque. Y hacia adelante, unos veinte metros más, los restos de una vieja avioneta.
-La encontramos.
-Esperemos no encontrar nada, con lo de Aurora fue suficiente.
-¿Qué pasa? ¿Tavito está asustado?
-Ja ja, muy gracioso. ¿Entramos?
La avioneta se encontraba casi intacta, sólo había perdido las alas y parte del motor. Estaba mohosa y un poco corroída por el agua, y algunas enredaderas asomaban por la parte superior. La nave era de color verde semejante al de un pino noruego, con un escudo del partido Colorado en la puerta que estaba semiabierta.
-Entremos - dijo Cure tomando la manija y abriendo por completo la puerta.
-Llegó la hora compañero, es hora de iniciar nuestra nueva aventura.
Estaba muy oscuro dentro de la aeronave, las enredaderas habían tapado los orificios de las ventanas delanteras. Por suerte Gustavo había llevado la linterna que le había regalado su abuelo para los campamentos. Una vez dentro encontraron paracaídas que no llegaron a utilizarse, algunos rifles oxidados, que los dejaron pues eran muy grandes para ellos, pero sí tomaron machetes y garrotes que los guerrilleros utilizaban para entrar en pastizales y en la zona de selva. Luego se sentaron en la cabina del piloto simulando ser los que dirigían una nueva misión, hasta que sintieron unos ruidos extraños en la parte posterior de la avioneta.
-No será el piloto, no? - dijo Cure dándose vuelta lentamente con cara de pánico.
-No sé, pero... ¡Ahhh! - Unas manos habían sacado a Gustavo del asiento llevándolo hacia atrás.
-Por fin un poco de comida, y dinero supongo - dijo una voz pastosa tras una capucha que no permitía ver el rostro de su dueño.
-Soltame, no te voy a dar nada - gritaba Gustavo pataleando en el aire.
-Callate, petizo. Quedate tranquilo.
El piloto distraído con Gustavo no se había percatado que Cure había salido de su respectivo asiento. La linterna había caído bajo el tablero del volante, y la poca luz lo llevó a pasar desapercibido. Mientras Gustavo forcejeaba con el piloto, Cure había ido hacia la puerta de atrás, y agarrando el garrote con fuerza propinó un fuerte golpe en la cabeza del piloto noqueándolo. Cosa que no podría haber hecho Gustavo, pues medía una cabeza menos que Cure. Rápidamente ataron con fuerza al piloto con unas viejas cuerdas que había dentro del vehículo, pues habían aprendido a hacer buenos nudos con su tío que era marino. Tomaron un carrito de la avioneta y con mucha dificultad sacaron al piloto y lo acercaron a la orilla. Luego lo subieron al carrito y salieron al camino.
-Mirá por allá hay humo - dijo Cure señalando hacia el otro lado del camino, más allá del pastizal.
-Ahí está roto el alambrado, vayamos.
La abertura era del tamaño justo para que pasaran con el carrito. Se internaron en el pastizal, donde los pastos medían casi dos metros.
-Hay alguien afuera de la casa.
-¿No es...? Sí, es la tía Petrona.
-Pero cómo llegamos...
-El río va paralelo al cerco del campo, por eso.
-Ay, paralelo al cerco, no te hagas el estudioso acá. Dale avancemos. ¡Tía!
Llegaron junto a su anciana tía y le contaron todo lo sucedido. La tía rápidamente mandó a llamar a un peón para que traiga al comisario y su gente que estaba en los alrededores haciendo guardia.
-A ver pequeños, qué tenemos aquí - dijo el comisario dando vuelta al piloto y sacándole la capucha - efectivamente es él, el asesino que buscamos hace unas semanas. Parece que los chicos son los héroes del pueblo.
-Misión cumplida - dijo Gustavo chocando las manos con Cure.
-Y es sólo el principio.

2 comentarios:

Celia Güichal dijo...

Pasé por aquí, no te respondí el mail porque vi que ya estaba todo colgado en el blog,
saludos,
Celia

Mistaa X dijo...

Me voló la cabeza el cuento sobre la filmación. Lastima que era una filmación...
-ja ja ja.-
Muy original el cuento.